Sobre Nosotros

Los inicios de La Minilla Coffee Roaster

Todo comenzó con un billete de avión y una curiosidad que no cabía en la maleta. Corría el año 2017 cuando decidimos poner rumbo a Londres, sin saber que aquel viaje, pensado como una simple escapada, terminaría marcando el resto de nuestro camino. No buscábamos nada en particular. Íbamos con los ojos abiertos, con ganas de perdernos entre calles nuevas, de dejarnos sorprender por una ciudad que respira cultura por cada esquina. Lo que no imaginábamos es que la sorpresa más grande no vendría de un museo, ni de un parque, ni de ninguno de esos lugares que ya conocíamos por las guías de viaje. Vendría de una taza de café.

Caminábamos sin rumbo fijo, dejándonos llevar por el bullicio de la ciudad, cuando, casi por casualidad, nos encontramos frente a una cafetería que parecía distinta a todas las demás. Grandes cristaleras, un aroma que se escapaba hasta la calle y un movimiento constante de gente entrando y saliendo con vasos humeantes entre las manos. Era Ozone Coffee Roasters. Entramos sin pensarlo demasiado, atraídos más por la curiosidad que por la necesidad de un café, y lo que encontramos dentro cambió por completo nuestra manera de entender esta bebida que hasta entonces habíamos tomado sin apenas prestarle atención.

Aquello no era una cafetería cualquiera. Era un espacio vivo, donde el café se trataba con el respeto y el cuidado que normalmente reservamos para la alta cocina. Vimos tostadoras trabajando a la vista de todos, baristas que hablaban del origen de cada grano con la misma pasión con la que un enólogo describe una cosecha, y una carta que explicaba, con detalle, de dónde venía cada café, quién lo había cultivado y qué notas podíamos esperar encontrar en cada sorbo. Fue como descubrir un idioma nuevo. Hasta ese momento, para nosotros el café había sido una rutina, un gesto automático de la mañana. En Ozone se convirtió, de repente, en un mundo entero por explorar: procesos de tueste, variedades, altitudes, fincas, perfiles de sabor que iban de lo afrutado a lo achocolatado, pasando por notas florales que jamás hubiéramos asociado con una simple taza de café.

Nos sentamos, pedimos, probamos. Y aquel primer sorbo fue, sin exagerar, una revelación. No era solo el sabor, que ya de por sí resultaba sorprendente. Era todo lo que había detrás: el cuidado en cada paso, desde la selección del grano hasta el punto exacto de tueste, desde la molienda hasta la extracción. Era la manera en que los baristas hablaban de su trabajo, no como un oficio cualquiera, sino como un arte que merecía tiempo, estudio y dedicación. Salimos de aquella cafetería distintos a como habíamos entrado. Algo se había despertado en nosotros, una inquietud que ya no nos abandonaría.

El resto del viaje por Londres siguió su curso, pero nuestra mirada ya no era la misma. Empezamos a fijarnos en otras cafeterías de especialidad que encontrábamos por el camino, a comparar métodos, a preguntar, a tomar notas mentales de todo lo que veíamos. Lo que había comenzado como una visita casual se había transformado en el germen de una idea que, aunque todavía no tenía nombre ni forma, ya no nos dejaba tranquilos. Volvimos a casa con las maletas llenas de recuerdos, sí, pero sobre todo con la cabeza llena de preguntas y el corazón lleno de una ilusión nueva.

Los meses que siguieron fueron de aprendizaje constante. Leímos todo lo que caía en nuestras manos sobre el mundo del café de especialidad. Investigamos sobre orígenes, sobre procesos de tueste, sobre la diferencia entre un café comercial y un café tratado con mimo desde la semilla hasta la taza. Buscamos formación, hablamos con quienes ya llevaban tiempo en este oficio, viajamos de nuevo, esta vez con el propósito claro de seguir aprendiendo. Cada nuevo dato, cada nueva cata, confirmaba lo que ya intuíamos desde aquel día en Londres: queríamos formar parte de este mundo, no como simples consumidores, sino como creadores de nuestra propia historia dentro del café.

Así, poco a poco, entre pruebas, errores, tuestes fallidos y otros que nos hacían sonreír de satisfacción, fue naciendo la idea de La Minilla Coffee Roaster. Queríamos construir un espacio que recogiera aquella sensación que vivimos en Ozone: la de un lugar donde el café se trata con verdad, con transparencia y con pasión. Un lugar donde cada taza contara una historia, la del origen del grano, la de las manos que lo cultivaron, la del proceso que lo transformó en algo capaz de emocionar a quien lo bebe. No queríamos limitarnos a servir café. Queríamos compartir un descubrimiento, el mismo que habíamos vivido nosotros, para que otros pudieran sentir esa misma chispa de asombro al probar un café realmente cuidado.

El nombre, La Minilla, se convirtió en la manera de poner identidad propia a todo aquello que habíamos aprendido fuera, de traerlo a nuestra tierra, de hacerlo nuestro. No queríamos copiar lo que habíamos visto en Londres, sino tomar esa inspiración y transformarla en algo genuino, con nuestro propio sello, nuestras propias raíces y nuestra propia manera de entender el oficio de tostador.

Desde entonces, cada saco de café que llega, cada tueste que sale de la máquina, cada taza que servimos, lleva dentro un poco de aquel viaje a Londres. Lleva el recuerdo de aquella tarde en la que entramos sin saberlo en el lugar que cambiaría nuestra vida. La Minilla Coffee Roaster nació de esa chispa, de esa curiosidad que no se apagó al volver a casa, sino que se convirtió en un propósito. Hoy seguimos aprendiendo, seguimos probando, seguimos buscando ese punto exacto de tueste que saque lo mejor de cada grano, con la misma ilusión del primer día. Porque, en el fondo, todo sigue siendo aquello: una taza de café capaz de contar una historia y de despertar, en quien la prueba, la misma curiosidad que un día nos despertó a nosotros en una cafetería de Londres.

Bienvenidos a un sueño.
José Alamo